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El vaso de tiempo, de David Huerta | José Homero

En el rigor del vaso que la aclara

 

David Huerta, El vaso de tiempo, Vaso Roto, México, 2017, 93 p.

 

No hay oficio tan arduo como el de poeta; y no porque sus tareas sometan a la inclemencia; fuerza física o jornadas extenuantes requieran, sino porque aunque muchos escuchen el llamado, cuando se decide a seguir la voz oculta entre las frondas, poco hay más allá del impulso emotivo, de las palabras rudamente aprendidas. ¿Cómo se forma un poeta? ¿Cómo se aprende poesía? No son cuestiones idénticas sino gemelas; dioscuros de un enigma siempre latente. Para el aficionado, para esa ave en extinción llamada lector de poesía, acaso basten las poéticas, donde cada autor busca tamizar la energía mediante el prisma de su propia escritura. En los mejores casos, podemos atisbar en dichas reflexiones la vibración irisada de la realidad; la luz cenital bañando las rocas del mundo diario, encendiéndolas como huevos de una criatura mítica. En el peor asistimos a efusiones que buscan usurpar acentos hieráticos confundiendo proferir con profecía. Lo cierto es que las poéticas, así las firmen nombres preclaros, de S. T. Coleridge a Octavio Paz, de Edgar Poe a Cesare Pavese, poco ayudan a esclarecer el camino en sombras del poeta o a degustar poemas. Poéticas: caminos personales que se pretenden caminos de perfección, mas no trasmiten el milagro del artífice.

Mejores guías suelen ser prontuarios, ensayos más modestos; aquellos que señalan la perfección de un verso, que lo asedian, desde ángulos diversos, para discernir el prodigio de su gesta. Y son estas notas plenamente esclarecedoras porque revelan el misterio desde la humildad del oficio. El vaso de tiempo es uno de esas selectas guías que nos acerca a la poesía desde portales vecinos pero no iguales; a paladear los grandes poemas, a comprender cómo se forja un gran verso, que, como el autor nos recuerda, nunca es único, siempre es una suma: una ronda. Desde esta perspectiva podríamos considerarlo, antes que un arte poética, un cuaderno de observaciones, que en principio nos invita a ver y después a analizar cómo ocurren esos encuentros sorprendentes que alientan en los poemas.

“Vasos comunicantes de las escrituras dentro de una obra multiforme, es decir, una y varia”, denomina David Huerta a la armonía que rige los versos de Francisco de Quevedo, los acompasados, rítmicos periodos de Jorge Luis Borges; compás secreto, sin embargo audible para el oído atento. Mueve siempre a nuestro poeta Huerta el ímpetu de encontrar, no la palabra exacta que pidiera Flaubert, sino la referencia justa, el punto de inflexión que permite la articulación entre diversas escrituras: “Un punto de partida siempre es, en poesía, y en cualquier actividad artística, un punto provisional –una forma transitoria, inmanente, contingente, del devenir–. El punto de partida, cualquier punto de partida, es un punto de trayecto”.

Mucho por ello tiene de detectivesca su acuciosidad, de investigación de las pistas de lenguaje para a través suyo descubrir el elemento ausente: el sentido intencional de un poema, unos párrafos, unos versos. A este afán de precisar y de ubicar un origen, aúna la sagacidad para reconocer la evolución de una línea, un linaje lingüístico en la comarca literaria. Por ello diríase que además de escrutar la munificencia de los versos –y explicar el prodigio de su hechura, minucioso como es, maestro ejemplar–, encuentra la impronta de las generaciones, la pátina del transcurso en cada ejemplo que anima su curiosidad. Esta acuciosidad tiene su recompensa en los hallazgos coruscantes: desde el eco estelar de la supernova descrita por Tycho Brahe en Francisco Luis Bernárdez o de asentar los poco frecuentes cruces entre las literaturas hispánicas y anglosajonas –con los casos de Edgar Poe y fray Luis de León; de John Donne y san Juan de la Cruz. Vasos comunicantes, señales que indican una experiencia inter e intratextual, pero no se detiene ahí donde el dómine quedaría conforme sino que va más allá hasta insinuar una visión de la poesía, sin que apenas se insinúe, en estos ensayos, andantes y cantantes, que se pretende instaurar una visión poética.

La reflexión de Huerta precisa correspondencias detectando no sólo la influencia y sus variadas formas de asociación, sino extendiéndola a amplios periodos, con lo que ésta deja de ser una rama visible para convertirse en un nudo temático que está ahí, en la madera del árbol, debajo justo de la corteza, cada vez más espesa. Para Huerta, el poema entraña una dimensión temporal, por ello celebro la idoneidad del título: El vaso de tiempo. El conocido verso del poema mayor de José Gorostiza (“es un vaso de tiempo que nos iza/en sus azules botareles de aire/y nos pone su máscara grandiosa”), se convierte en la apropiación huertiana en una atinada fórmula, a un caso metáfora y metonimia, para expresar que el poema es un ente vivo, un organismo pleno de tiempo: contiene su propio presente, su carga de época, pero a su vez, al durar, contiene el tiempo de las lecturas que se van acumulando y la imagen de las lecturas por venir. Vaso creado por el tiempo (metáfora); vaso que contiene al tiempo (metonimia); en un primer caso, un producto de la época, en el siguiente un monumento del devenir. Monolito cuyo silencio va asentando el tiempo transcurrido, destila el tiempo del ahora y servirá como pila voltaica para irradiar su potencia. Y dentro de esa piedra que es la obra reverberan también las lecturas, las miradas de sus lectores. Si Walter Benjamin discernió que el elemento aural de una obra artística estaba en proporción con su duración y con las interpretaciones que se le sumaban, en una creación de lenguaje el tiempo aparece, en primer instancia, con el significado de las palabras, muchas veces canto de aristas melladas. Ésta es precisamente la primer tarea que ha de emprender un lector acucioso: ubicar los vocablos, sopesar su condición matérica, interrogar su sentido, para leer mejor, para entender el haz de significados que un gran poema implica. Aclara así por ejemplo la concatenación entre roca y prisión y entre ambas voces como metonimias para expresar que el alma es rea del cuerpo, tópico, si los hay, de los platónicos siglos áureos. Es también, gracias a esta concepción, que se propician los encuentros, que se estimula la consanguinidad entre los vasos, encontrando en trato no sólo a los miembros de una misma familia literaria, Borges y Quevedo, Góngora y Villamediana, por ejemplo, sino también a extraños parientes, a insólitos compañeros; a Tycho Brahe con Francisco Luis Bernárdez; a Gonzalo de Berceo y Lope de Vega con Manuel José Othón. Se cumple así y de alta manera una de las misiones que debe realizar el relator de poesía: acercar. Cuando el exégeta logra el cometido, el objeto no se atisba más lejano sino en plena, corpórea por contundente, cercanía. Presencia.

Entre la suma de méritos que hallamos en este hermoso opúsculo, cuyo saber revela años de sutil añejamiento, está su eficiencia para iluminar pasajes oscuros, guiarnos por galerías secretas, hasta depositarnos bajo la nave iluminada por el rosetón de la figura retórica precisa. Sin embargo no se agota aquí el tesoro. Además de un breviario del arte de leer, El vaso de tiempo es también, de una manera humilde, un acta de creencia que revela más no impone la poética del autor. Y uno de los principios es la correspondencia, los lazos que unen en el tiempo, entre las lenguas, las obras. Y si repito este término y apenas he recurrido a otro que suele aplicarse como sinónimo –los autores– es porque sabemos que no hay autores, sólo obras.

La impronta temporal, la dimensión mortal, y esa reminiscencia marxista de considerar a la obra de arte como viva –y acaso, por ello, condenada a la muerte, así sea remota– permiten que Huerta vea también a la literatura como una suerte de organismo, vasto organismo, cuyas partes se encuentran en relación cabal: “El ser histórico del poema presente es siempre una forma del devenir, como la de cualquier objeto histórico, o la de cualquier objeto en el tiempo: en eso consiste la inmanencia”.

De esta manera es posible encontrar a Ramón López Velarde en sus precursores, como Manuel José Othón, reconocer la modernidad del dulce verso de Garcilaso o los ecos barrocos en un iconoclasta como Haroldo de Campos. A Huerta le gustan las vibraciones y la armonía, como al gran Brian Wilson, y además de acercarnos a familiares, de revelarnos familiares tópicos hoy ya no tan comunes o los puntos de confluencia entre literaturas, va urdiendo una idea de la tradición que no se limita a la percepción limitada de un acervo de herramientas comunes (“ un cúmulo de saberes y de creaciones, de ideas y destrezas”) o de repetir estilos y temas sino, por el contrario, de percibirla actual, vibrante, latente.

Tradición que no implica secuencia sino sincronía; el diálogo entre tradición y modernidad; el encuentro de la modernidad en la tradición, cómo siempre un clásico se convierte en un espejo, en una suerte de venero que nos devuelve a las aguas lustrales a la vez que se transforma en modelo. El arte como trans/formación: una forma que atraviesa por el río del tiempo, se baña en él y aunque muda, permanece. De ahí que también sea una suerte de homenaje a la forma de lectura a la que nos introdujo Ezra Pound: concebir el arte nuevo de escribir poemas no como un rechazo ni una iconoclastia sino como el aprendizaje de los logros del pasado para comprenderlos dentro de la circulación del presente. He ahí el secreto de por qué todo poema resguarda las voces del pasado y contiene las del devenir. Tradición es algo bello que conservamos dijo Pound; y Huerta, con humildad magistral, asimila el precepto: “Sin teologías o religión de por medio, ¿no es el poema un vaso de tiempo donde se entrecruzan todos esos ecos, resonancias, ideas, imágenes exploradas aquí en un puñado de textos?”

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