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D. H. Lawrence en México | Alejandro Lámbarry

D. H. Lawrence llegó a México en 1924, el último año de la presidencia de Álvaro Obregón. Para variar, había problemas con la sucesión. De la Huerta, general destacado y secretario de Guerra, había sido reemplazado por otro general, casi insigificante, sin glorias ni estrella, Plutarco Elías Calles. Desde Canutillo, Chihuahua, Pancho Villa advirtió que si no elegían a De la Huerta él iba a dejar escuchar su enojo. Le tenía cariño porque cuando Carranza se distanció de Villa, el sonorense logró maniobrar entre los dos bandos sin traicionar a ninguno. Pero al ver que la situación no mejoraba, De la Huerta organizó desde el estado de Tabasco un levantamiento armado.

Para evitar problemas, los Lawrence se hospedaron en casa de amigos y durante un mes realizaron turismo, visitaron Coyoacán, las pirámides de Teotihuacán y los edificios antiguos del centro de la ciudad. Además del levantamiento armado, Lawrence debía cuidar su salud. Tosía sangre, le costaba en ocasiones mucho esfuerzo respirar, había enfrentado temporadas de gran fatiga que le impedían salir de su casa.

En el viaje lo acompañó, como siempre, Frieda, su esposa seis años mayor que él. Habían viajado juntos a Ceylán, a Australia y a Estados Unidos. En Nuevo México vieron un ritual de los indios apache que les recordó su deseo vivir de otra manera. Estaba, sin embargo, el escenario como barrera infranqueable, una imposibilidad de pertenecer. Eso cambiaría en México. Para Lawrence México era la tierra del cambio, la regeneración, el fuego. Quemaría sus males y renovaría su literatura.

Lawrence no era un escritor reconocido en México, y en Inglaterra se le relacionaba más con el escándalo. Había recibido varios ataques de críticos y censores por una obra acusada de indecente. Incluso Virginia Woolf había escrito que para Lawrence “sex had a meaning which it was disquieting to think that we, too, might have to explore”.[1] Su segunda novela, The rainbow, fue sacada del mercado, y el contrato que había firmado con la editorial Methuen (£300 por novela) y que le aseguraba una vida estable por los siguientes años, se suspendió de manera indefinida. Quiso probar suerte en Estados Unidos y, hasta entonces, había vendido cada uno de sus libros en aquel país, pero sin el éxito esperado. Eso explica, en parte, que en México no haya tratado con ningún escritor ni figura intelectual importante. José Vasconcelos, director entonces de la Secretaría de Educación Pública, lo invitó en una ocasión a cenar, pero canceló a última hora. Lawrence se puso furioso, aunque con el tiempo se tragó el coraje.

A México, finalmente, no había venido a socializar. Quería escribir e informarse de la cultura del país. Leyó textos de la religión de los aztecas, se informó de sus pirámides, sus rituales. Estaba impresionado. “Mi gran religión es creer en la sangre, en la carne… Nuestra mente puede equivocarse. Pero lo que la sangre adivina, cree y dice es siempre la verdad”.[2]

Iba a cumplir la utopía en la que había creído desde que empezó a escribir: vivir en una comunidad que no le temía a la vida ni al sexo, que experimentaba la fuerza de la tierra en la sangre. Lo intentó en Inglaterra con los escritores Katherine Mansfield y John Murry. Vivieron en dos cabañas frente al mar, en el condado de Cornwall. Los celos, las disputas y la envidias acabaron con sus proyectos. Después lo intentaron en el desierto de Nuevo México con Mabel y Tony Luhan. Ahí el problema fueron los celos que sentía Frieda por Mabel. Esto podría cambiar ahora en México.

Pero no en la ciudad. De eso se dieron cuenta después de asistir a una corrida de toros. Habían pensado encontrar algo parecido a los rituales de Nuevo México: fue sólo un espectáculo de horror. Frieda había querido salir de la plaza antes de que lanzaran el primer toro al ruedo. La gente se amontonaba en las gradas, sin decoro ni respeto al espacio íntimo. Al borde de un ataque de histeria, lograron escapar cuando murió el primer toro y el público se relajó un poco.

Ése no era su México. Debía ir al campo, encontrar un espacio tranquilo donde los dejaran vivir. Leía sobre otros tiempos sin prestar gran atención a la Revolución armada al sur del país y la amenaza en el norte con Pancho Villa. Había rumores de nuevos levantamientos, incoformidad contra el Caudillo, derramamiento de sangre. Era insensato dejar la ciudad. Pero más insensato todavía dejar de escribir.

Así que dejaron la casa de los amigos yanquis y descendieron del altiplano a las montañas de Michoacán y Jalisco. Dejaron atrás los bosques de pinos y oyameles por otra zona de encinos, palmeras y un clima más cálido. El lago de Chapala era inmenso, bordeado de grandes montañas. Les recordó por un momento a Italia, donde había escrito sus primeras novelas; pueblos pesqueros, de calles empedradas, casas de cantera con patios rectángulares en el centro. No conocían a nadie, y mejor así. Estaban en paz, con tiempo suficiente para escribir.

Lawrence creyó entonces que había llegado el momento de su pensamiento solar, de sangre y tierra; la novela que narrara el descenso a los infiernos y el ascenso gradual a su utopía, el paraíso de quienes se atrevían a vivir fuera de la modernidad castrada. Y se entregó, por fin, de lleno a la escritura.

Salía temprano de casa y se sentaba bajo un árbol, sobre una piedra junto al río. Un profeta moderno, sobre la tierra que no había sido ensuciada por la máquina ni el dinero, donde podría resucitar a los antiguos dioses. Quetzalcóatl actualizaba la trascendencia en rituales aquí y ahora. Escribía de 2,000 a 3,000 palabras por día. Cuando sentía que le estallaban los pulmones, descansaba un día, a sabiendas de que la cura final llegaría con la conclusión de su novela. Era una lucha por la apertura de una puerta desde la cual escapar de su infancia con un padre minero alcohólico (pensaba entonces si la muerte no sería como el dolor de una golpiza, tras el dolor físico vendría el amor y el arrepentimiento); escapar de la adolescencia, en la que enfrentó decepciones que nunca pensó vencer aunque al final lo hizo, para encontrarse en la madurez enfermo y con un solo miedo, que a diferencia de los golpes, los sufrimientos y los moretones no se fueron: el miedo a la muerte vacía y sin sentido.

Quetzalcoatl, escrita en siete semanas, fue su escapatoria y su trascendencia. La protagonista, una irlandesa cuarentona y divorciada, desubría en México la verdadera religión. Tierra de dioses viscerales y sus hijos anteriores a la civilización corrupta. Se acabó el ciclo de la raza blanca, los mexicanos ocuparían desde ahora el paraíso. Cuando Kate creía haberlos comprendido (mexicanos simios, reptiles, lagartijas, salvajes, primitivos, niños, demonios, conejos), había una señal de burla en sus ojos o en sus labios que los volvía de nuevo inasibles. Mexicanos máscaras. Sólo los entendería si se convertía, ella misma, en parte de su religión, en la diosa Itzpapálotl.

A pesar de ser los únicos extranjeros en el pueblo (quizás en toda la zona del lago), no fueron víctimas de ningún agravio. Los dejaron libres. Más libres incluso que en su estancia en Cornwall, Inglaterra, durante la Gran Guerra cuando recibieron amenazas y malos tratos –Frieda era alemana– hasta que, finalmente, llegó la policía y les pidió que se mudaran fuera de la provincia. México, con su Revolución, había sido más amable.

Fue entonces cuando Lawrence decidió intentar, por tercera vez, su proyecto de una Comuna de artistas. Aprovechando también que Frieda deseaba ver a sus hijos de un primer matrimonio, regresaron juntos a Inglaterra. Salieron en tren de México a Estados Unidos y en Nueva York tomaron un barco; en una foto previa al embarque se les puede ver, demacrado, alto y triste él; fuerte, rolliza y sonriente ella. Una vez en Londres, Lawrence reunió a sus amigos en el Café Royal. “Tomó la palabra para tratar de explicar qué estaba tratando de lograr en el mundo, y los invitó a todos a venir a Nuevo México para ayudarlo en la tarea. Bajo la influencia del alcohol, cada uno de los invitados, con la excepción de Mary Cannan, aceptaron. Murry fue tan lejos como para besar a Lawrence. ‘No me traiciones’, Lawrence dijo. ‘Te amo, Lorenzo’, contestó Murry, ‘pero no te prometeré no traicionarte’”.[3]

Les dijo Nuevo México para no espantarlos. Aún así, de todos los que prometieron acompañarlo, sólo cumplió su promesa Dorothy Brett, una fan de su obra. Tomó un barco dos semanas después que el de ellos, y al llegar a Nuevo México se enteró de que Lawrence y Frieda habían cruzado ya la frontera hacia el sur.

Esta vez, para no volver a Chapala, decidieron instalarse en Oaxaca. Querían una ciudad más grande aunque cercana al campo. Oaxaca había sido un centro colonial importante y tenía una población indígena considerable. Era fácil recrear el pasado con conventos barrocos ornamentados de oro e hileras de sarapes coloridos en los callejones empedrados del centro. Ningún indio de Guadalajara había creído en Quetzalcóatl, ni los mixtecos en Huitzilopochtli. Eso no le importó, su viaje era más ambicioso que el que pudiera traducirse en los recuentos de la historia; tenía que ver, en cambio, con la tierra y la sangre de esa gente.

La inspiración en la escritura de su primer manuscrito se convirtió, en Oaxaca, en una revisión febril, laboriosa y, en ocasiones, frustrante. Cambió el título debido a presiones de su editor para quien el nombre en náhuatl era tan incomprensible y absurdo como poner un ideograma chino en la portada. Aceptó cambiarlo por La serpiente emplumada. Reescribió pasajes enteros, los himnos de los rituales a Quetzalcóatl, Huitzilopochtli y Malintzi (trataba por igual a Itzpapálotl y a Malintzi sin preocuparse por la pequeña historia). Abría la puerta al mundo después de la muerte para encontrarse, sin embargo, con errores en la congruencia de los personajes, los nombres, las comas, los punto y coma. Un desgarre irreversible, aterido en los días de calor y llamenado en las madrugadas.

Hasta que la fatiga se hizo extrema. Un año desde su llegada a México y tosía, como siempre, sangre. Que se hubiera convertido en algo cotidiano, no le quitaba nada del miedo. Desgarrado por dentro, un andamio de huesos sobre el que colgaba un pellejo pálido, un viejo a 42 años.

Esperó en el vestíbulo del médico durante un tiempo que bien pudo ser un minuto o una hora. No quería escuchar el diagnóstico que ya sabía. Menos de un doctor mexicano. Los mexicanos eran hijos de un dios ctónico. Su enfermedad, en cambio, era la de un inglés lánguido, flemático, con olor a gabinete húmedo.

“Uno o dos años de vida, máximo”, lo sentenció el doctor.[4]

México no le había quitado la enfermedad. Nada podía hacerlo. El frío de la casa de obreros en Eastwood, donce creció, el frío del internado de Nottingham donde estudió becado la secundaria, el frío en la universidad y en Croydon, al sur de Londres, donde trabajó de maestro escolar dos años hasta que sufrió su primera crisis. En esa época renunció a la escuela, se encerró en su casa familiar y sólo volvió a salir al mundo hasta que conoció a Frieda, el amor y el rencor su vida. Con ella pudo huir de Inglaterra; vivieron en Italia, donde escribió sus novelas. Regresaron a Inglaterra sólo para recobrar fuerzas y empezar su viaje por el mundo, que ahora parecía terminar en México.

Tenía, sin embargo, su novela. ¡Qué iba a saber un doctor mexicano de la muerte de un profeta! Puso el punto final sabiendo que sería su testamento.

Había entregado su fuerza vital para escribir sus creencias, su fe en algo más fuerte que la racionalidad europea y la piedad cristiana. Era un viaje al submundo de la sinrazón, al Valhalla, al Hades, al Mictlán. ¡Todo era lo mismo! Dinamita para reventar catedrales, parlamentos, salones, y construir una pirámide como una verga enorme y parada desde las raíces de la tierra, eyaculando sobre los rostros dormidos y pasmados de su vida enferma.

La novela se publicó en 1926 en Inglaterra. No vendió. Pocos la reseñaron. F. R. Leavis, uno de los críticos más importantes, profesor en la Universidad de Cambridge, escribió: “La evocación del renacimiento pagano nos causa la sensación de ser algo mecánico y planeado; en todo caso, es monótona y aburrida… Es por medio de una especie de hechizo, por medio de un efecto hipnótico creado por el interminable latido de los tambores que desempeñan un papel tan importante en la campaña de Don Ramón, como Lawrence trata de convencernos; pero lo que logra producir es aburrimiento y mucha aversión”.[5]

No volvieron a México. Fue con Frieda a Italia, a España y a Francia, donde murió. A pesar de la agonía, pudo escribir una última novela, que nadie le quiso publicar, así que la publicó él solo. Lady Chatterley’s lover, paradójicamente, le dio fama y dinero; es quizá la novela más plagiada del siglo xx. Con los derechos de autor, Frieda se convertiría en una de las viudas más ricas del siglo.

El lago de Chapala, el árbol donde escribió Quetzalcóatl, Oaxaca y los atardeceres del desierto, le parecieron en cambio una pesadilla, la peor de todas, una que le había costado posiblemente la vida y una novela aburrida.

[1] John Worthen, D. H. Lawrence. The life of an Outsider, Counterpoint, Nueva York, 2005, p. 236.

[2] D. H. Lawrence, Lettres choisies, Éditions Gallimard, París, 2001, p. 59

[3] Jorge Rufinelli. El otro México. México en la obra de B. Traven, D.H Lawrence y Malcolm Lowry, Nueva Imagen, México, 1978, p. 88.

[4] John Worten. D. H. Lawrence. The Life of an Outsider.Nueva York, Counterpoint, 2005.

[5] Armando Pereira. “D. H. Lawrence. México, la utopía imposible”, en Revista de Literatura Mexicana, XXIV, 1, 2013, p. 89.