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Trinos

Colec­ciones edi­to­ri­ales a cargo de escritores: opor­tu­nidad para los des­cubrim­ien­tos, la reit­eración o incluso, claro, la explotación de un nom­bre, una firma. No era eso exac­ta­mente aque­lla Bib­lioteca Borges, según recuerdo que se llam­aba. Oscil­aba entre las varias posi­bil­i­dades: tex­tos de los que Borges se había cansado de hablar y que por fin sus fanáti­cos lec­tores ten­drían en las manos, unas cuan­tas per­las descono­ci­das y tam­bién mucho clásico obvio, cuya com­pra val­dría la pena en todo caso por el pról­ogo bor­giano. Pero sí: la firma, en letras doradas sobre fondo gris, aca­paraba toda la respon­s­abil­i­dad sim­bólica del pro­ducto com­er­cial, y lo mismo habría fun­cionado de haberse estam­pado, dig­amos, en una serie de dis­cos de milon­gas, a la venta en puestos de periódicos.

Dos colec­ciones más recientes: primero, la de las tra­duc­ciones de Pitol. En gen­eral, provee de puras mar­avil­las —Pil­niak, Andrze­jew­ski, Tibor Déry— que de otra man­era resul­taría muy difí­cil o imposi­ble con­seguir, o bien de ver­siones muy sol­ventes de clási­cos, preferi­bles a otras opciones edi­to­ri­ales y a pre­cios ase­quibles. Son muchos de sus autores favoritos, como en el caso de la Bib­lioteca Borges, autores raros o de plano descono­ci­dos que no obstante, en algunos casos, como los de Gom­brow­icz o el pro­pio Andrze­jew­ski con Las puer­tas del paraíso, han ter­mi­nado por con­ver­tirse en lec­turas gen­era­cionales en nue­stros días.

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Al cen­tro de la mon­eda hay alguien. ¿Sabes

quién está al cen­tro de la moneda?

Un hom­bre insigne que jamás mostró los pies.

Era una vergüenza traer los pies descalzos.

Desnudos. Mis pies son ortopédicos.

Quien sí los mostró y los uso para derrotar

tres veces a Robin fue Kato, el lazarillo de Lin­terna Mágica.

Con Bruce todo se ve como en el cine.

Kato usaba un antifaz que era una próte­sis, ¡sh!,

como el clavo que llevo aquí en la pierna.

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Antes que la indus­triosi­dad, Del­toro priv­i­le­gia la labo­riosi­dad: una paciente man­u­fac­tura, un zur­cido invis­i­ble. Si hay acción, ésta ape­nas logra dis­tin­guirse del reposo: la poesía como una pro­lon­gada sed­i­mentación de lo real. Su tex­tura resinosa o amba­rina per­mite a los seres, obje­tos y sen­sa­ciones apre­sa­dos —o, mejor dicho, repanti­ga­dos— en ella desafiar la liq­uidez de nues­tra época. Nada podría desan­i­mar más a Del­toro que las jor­nadas de excavación que Sea­mus Heaney real­iza a campo abierto, las maratóni­cas cam­i­natas que Robert Frost emprende por el bosque de los sím­bo­los, la ejercitación de los mús­cu­los for­males que prac­tica Rubén Darío o la exten­u­ante min­ería men­tal de Ale­jan­dra Pizarnik. A la luz merid­i­ana pero estro­boscópica de sus poe­mas, todo cuanto acon­tece en ellos es fruto de una sosegada con­tem­plación. Recostado a la som­bra del mundo, podemos imag­i­nar a Del­toro aguardando el instante en que las imá­genes se deposi­tan silen­ciosa y blanda­mente en su regazo. No por nada su poética se ampara en el “qui­etismo” —y aquí me refiero a esa cor­ri­ente homón­ima de la mís­tica española, cuya creen­cia (de acuerdo con Miguel de Moli­nos, su fun­dador) es que Dios se com­place en man­i­fes­tarse y actuar en los cora­zones inva­di­dos por la qui­etud. “El qui­eto no tiene ofi­cio. / En el espa­cio”, advierte Del­toro, “le bas­tan cua­tro pal­mos de tierra / y en el tiempo, en su tiempo, lo inmóvil y lo inmenso son lo mismo.”

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Hay cosas que deberían ofi­cializarse, hac­erse legales para que todo mar­chara por una ver­tiente más amable, menos acci­den­tada, pero, de la misma man­era, hay cosas que jamás cam­biarán, que atien­den a las sus­cep­ti­bil­i­dades y apues­tan por la, ahora sí, ofi­cial ver­tiente de la diplo­ma­cia y el uso inin­ter­rumpido de eufemis­mos que lo ador­nen todo y dejen como meras excen­t­ri­ci­dades las acti­tudes de tu tía, porque si a la luna le da por cam­biar de galas cada noche, a ella tam­bién, aunque con cic­los menos fre­cuentes que a ese satélite pla­gado de cica­tri­ces de cós­mico acné.

Selenita, pues, lunática en todo caso, en mero despliegue de extrav­a­gan­cias de esas que pasan desapercibidas, invis­i­bles a los cotid­i­anos mon­i­toreos veci­nales, a tus mis­mas lla­madas tele­fóni­cas, a todo trato que no incluya el cer­cano, el más íntimo que siem­pre, luego de un rato, ter­mina rayando en lo estrambótico.

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Y aquí las lluvias

pien­san poco en nosotros

su música es tal

y el viento es tal

y “el tiempo de los barrancos”

las dimin­u­tas orquídeas salvajes

en los cam­pos húmedos

La noche nuevamente

y el libro de la vida

escribién­dose a sí mismo

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