Colecciones editoriales a cargo de escritores: oportunidad para los descubrimientos, la reiteración o incluso, claro, la explotación de un nombre, una firma. No era eso exactamente aquella Biblioteca Borges, según recuerdo que se llamaba. Oscilaba entre las varias posibilidades: textos de los que Borges se había cansado de hablar y que por fin sus fanáticos lectores tendrían en las manos, unas cuantas perlas desconocidas y también mucho clásico obvio, cuya compra valdría la pena en todo caso por el prólogo borgiano. Pero sí: la firma, en letras doradas sobre fondo gris, acaparaba toda la responsabilidad simbólica del producto comercial, y lo mismo habría funcionado de haberse estampado, digamos, en una serie de discos de milongas, a la venta en puestos de periódicos.
Dos colecciones más recientes: primero, la de las traducciones de Pitol. En general, provee de puras maravillas —Pilniak, Andrzejewski, Tibor Déry— que de otra manera resultaría muy difícil o imposible conseguir, o bien de versiones muy solventes de clásicos, preferibles a otras opciones editoriales y a precios asequibles. Son muchos de sus autores favoritos, como en el caso de la Biblioteca Borges, autores raros o de plano desconocidos que no obstante, en algunos casos, como los de Gombrowicz o el propio Andrzejewski con Las puertas del paraíso, han terminado por convertirse en lecturas generacionales en nuestros días.




































